El presidente Nicolás Maduro, empeñado en honrar su condición de hijo de Chávez, le da cada cierto tiempo por alborotar el avispero. Esta semana lo hizo con especial intensidad, cuando planteó el asunto de los profesionales universitarios venezolanos y otras personas de clase media (incluyendo divas y divos) que trabajan en Estados Unidos limpiando baños.
La reflexión fue muy polémica, en primer lugar porque mucha gente tuvo la impresión de que había en ella un tono despectivo respecto a la referida ocupación, lo cual resulta especialmente difícil de comprender por provenir de un presidente obrero. Por otro lado, las reacciones que generó esta postura presidencial fueron también –dentro de su destemplanza- muy apropiadas para el estudio sociológico.
Como casi todas las personas con algún sentido común, creo que la actividad de asear baños es muy digna, además de imprescindible en una sociedad, algo que no puede decirse -por cierto- de varios otros quehaceres. Incluso, es moralmente superior a gran cantidad de empleos. [En lo que a mi campo de trabajo se refiere, por ejemplo, pienso que hay letrinas mediáticas, a cuyos trabajadores no les pagan por limpiarlas, sino por ponerlas cada día más sucias. Pero ese es un tema tangencial].
Volviendo al foco, opino que el presidente debe ampliar su reflexión sobre este tema para dejar claro no tanto lo que quiso decir, sino más bien lo que no quiso decir. Los trabajadores que limpian baños fuera del país, pero muy especialmente los que lo hacen en el país, merecen la aclaratoria. Y los que se fueron o están pensando en irse necesitan que se les renueve la fe en el país o, en el peor de los casos, que los dejen tranquilos con su decisión. Darles cogotazos no parece ser la mejor estrategia para ganar o recuperar su simpatía.
Despropósito capitalista
Ahora bien, tratando de ir al fondo del asunto, debemos convenir que no tiene sentido alguno que una persona, su familia, el Estado y la sociedad toda hagan el esfuerzo en educación y formación en determinadas profesiones (algunas de ellas sumamente exigentes y costosas) y que luego ese individuo vaya a otro país a ejercer un oficio para mano de obra poco calificada. Es un despropósito generado, en mi opinión, por el capitalismo salvaje, aunque tal vez haya muchas otras causas.
Recurramos por un momento a la sabiduría popular, la de las personas humildes. No me hace falta buscar ejemplos lejanos, pues mi madre laboró por años como servicio doméstico (ella lo llamaba “trabajar en casa ajena”). Luego optó por lavar y planchar ropa de los vecinos y de las maestras de la escuela donde estudiamos mi hermano y yo (la José Antonio Villavicencio, de Antímano). Como muchas otras madres y padres obreros, mi mamá decía que todos los esfuerzos que ella realizaba en esos duros trabajos eran para que nosotros estudiáramos. Ella no aspiraba a que fuéramos millonarios y nos mudáramos a vivir al Country Club (como decía el personaje Malula), sino a que viviéramos una vida digna, de ser posible, menos ruda que la de ella. Lo logró, dicho sea de paso.
Considero que lo que está ocurriendo ahora es parecido, pero diferente. La idea de la vida digna está, lamentablemente, asociada a la obsesión con el dólar, que existe desde hace mucho tiempo, pero que se ha acentuado ahora con la monstruosa distorsión que ha introducido la campaña de manipulación monetaria, por culpa de la cual cualquier salario dentro del país (hasta los de los más reputados profesionales) resulta ridículamente bajo al ser trasladado a moneda estadounidense.
El argumento central de los que han hecho este cambio de chip laboral es que ganan más (en dólares) con ese tipo de trabajos allá, que con sus flamantes títulos acá. Y para ellos, más dólares implica más dignidad.
Una pregunta que surge es: ¿si Venezuela estuviera dolarizada y alguien les ofreciera trabajo acá como aseadores, ganando más que como profesionales, tomarían el empleo, se pondrían su humilde uniforme y se pasearían por una gran oficina o por el Sambil con su exprimidor de mopas? Sospecho que no, tengo la impresión de que no harían tales oficios en su tierra, a menos que tuvieran la coacción de una pistola en la cabeza. Sobre todo a los muchachos y las muchachas que provienen de familias de la clase media-media para arriba no los veo en eso porque además, sería para ellos socialmente inaceptable.
Entonces, el orgullo de lavar pocetas en EEUU, que algunos han enarbolado -con la furia de una turba de avispas- luego de las palabras del presidente, parece más que nada un empeño en llevarle la contraria y, en algunos casos, un síntoma de baja autoestima nacional y hasta de endorracismo.
Meritocracia en crisis
El enfoque de la meritocracia, tan del gusto de los opositores venezolanos, se hace trizas con este fenómeno. Se supone que es el socialismo, con su necio afán igualitario, el que impide que se premie a los mejores, a los más calificados. Pero resulta ser que en la Meca del capitalismo, una lumbrera con doctorado, magister o especialización, varios idiomas y un fajo de diplomados, tiene que trabajar como bedel. No se entiende.
Por otro lado están los miles de profesionales que sí están trabajando en sus oficios naturales, dándoles sus conocimientos y experiencias a otras naciones, luego de haber sido formados por Venezuela, en muchísimos de los casos, de manera gratuita. ¡Qué buen negocio!... para el otro país, claro.
En fin, el tema da para mucho. Ojalá signifique -más allá de un avispero alborotado- el inicio de un genuino debate nacional.
(Clodovaldo Hernández)
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