viernes, 24 de marzo de 2017

nsólito! UN PAPA PROHIBIO LEER LA BIBLIA


Insólito!
UN PAPA PROHIBIO
LEER  LA  BIBLIA
El 24 de Marzo de 1564 el Papa Pío IV promulgó el famoso y criticado “Índice de Libros Prohibidos”, ente los que figuraba la mismísima Santa  Biblia. ¡Anda pa’la auyama!, como decimos coloquialmente en Venezuela. 

Efectivamente, según reseña la historia,  fue el papa Paulo IV (1555-1559) el que en 1559 creó el primer “Índice”, por cierto de un rigor extremo. Este establecía tres categorías: obras completas de determinados autores (principalmente protestantes, pero también católicos como Erasmo de Rotterdam); obras determinadas de algunos autores; y obras anónimas, subterfugio que algunos autores utilizaban para eludir las condenas. Y además condenó a 59 impresores con cualquier obra que saliera de sus instalaciones.
Pero tanto rigor no convenció a su sucesor el papa Pío IV, (1559-1565) enemigo declarado de su antecesor cuya extrema dureza condenaba, que el 24 de marzo de 1564 emite la Constitución “Divini Gregis” por la que publica el Índice de Libros prohibidos que, junto con el anterior, son los primeros que se publican con carácter oficial para toda la Iglesia universal. Además, se prohibió la lectura de la Biblia traducida del latín a las lenguas maternas, salvo en casos excepcionales en que hubiese una autorización especial.
   
Las diversas categorías de los libros prohibidos se hallan enumeradas en las 16 reglas que, a partir de 1640, figuran en los índices de libros prohibidos de España, que pueden resumirse en cuatro grupos: el primero contempla las obras contrarias a la fe católica, es decir los escritos heréticos que se ocupan de los dogmas y la moral cristiana; en este apartado se incluyen los textos de la Sagrada Escritura con corte polémico, escritos en lengua vulgar.

 El segundo grupo abarca las obras que tratan sobre nigromancia y astrología que fomentan la superstición y los falsos valores morales; en este apartado se hallan también los libros que tratan cosas lascivas y de amores que dañan directamente las costumbres cristianas.

El tercer grupo contempla todas las obras publicadas sin nombre del autor, impresor y sin señalar el lugar y la fecha de edición, y que contengan doctrinas dañinas para la fe y moral cristiana. Finalmente, el cuarto grupo comprende a las obras completas o fragmentos de ellas, y que atentan contra la buena reputación del prójimo, sean eclesiásticos o civiles.

Las restricciones sin embargo impuestas por la Iglesia con frecuencia fueron traspasadas por la simple razón de la imposibilidad de poner puertas al campo. No obstante muchos y selectos autores pasaron auténticos calvarios y persecuciones por razón de sus publicaciones con penas económicas, de cárcel, destierro y hasta la muerte.
En lo relativo a la posesión de libros prohibidos en ciertos casos hubo licencias y autorizaciones para retenerlos en custodia, por ejemplo, en los conventos autorizados. En ese caso se guardaban separados del resto en un lugar conocido como “infiernillo”. Esta prohibición, como lista oficial y la excomunión que implicaba su lectura, fue abandonada el 14 de junio de 1966, bajo el papado de Pablo VI, al final del Concilio Vaticano II. 

De todas maneras siempre las religiones y los poderes dominantes han tratado de controlar el acceso de los ciudadanos (antes, súbditos) al conocimiento.  La quema de libros, su selección y posterior destrucción, la censura en definitiva de los textos escritos, salvo excepciones muy singulares y significativas, ha sido, y es una actitud y una tarea constante y permanente a lo largo de la historia en prácticamente todas las culturas y todos los momentos históricos. Con unos u otros motivos, unas u otras excusas, bien o malintencionadas, siempre ha habido personas e instituciones dispuestas a esta faena y este quehacer. De ello se ha escrito mucho y se han hecho incluso películas.


Recordemos cómo en el capítulo 6°  del “Quijote”, el cura y el barbero mandan tapiar el aposento donde está la librería de don Quijote y hacen una hoguera en el corral a la que arrojan, ayudados diligentemente por el ama, los libros de caballerías y otras obras de otros géneros literarios que han causado la locura del hidalgo. Pero ya Cervantes había tenido que suprimir del Quijote, entre otras, la frase “…las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada”.

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